La fiesta del cordero

“Tan solo quiero matarla a punta de navaja besándola una vez mas”

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Ella y yo cada año, el día de la fiesta del cordero, nos mirábamos a los ojos y brindábamos con una copa de un buen vino. Que paradoja.

Eramos dos hermanos cuya poca diferencia de edad hizo que creciéramos unidos. Una infancia feliz seguida de una juventud que estrecho los lazos y nos hizo inseparables.

Una mirada a aquellos ojos verdes servia para que ella contestara con una sonrisa. No hacían falta las palabras.

Pasaron los años y cada uno tomamos un rumbo distinto. Ella se caso, aunque a mi nunca me termino nunca de cuadrar el novio. Y, yo, pues seguí mi camino de eterno soltero. Mi grupo de música, mis viajes y el surf. Sobre todo el surf.

Mi trabajo me permitía vivir desahogado y poder moverme de un lado para otro. Entonces fue cuando decidí tomarme un año sabático y recorrer el mundo. Mi sueño desde pequeño.

De vuelta con la mochila llena de experiencias, lo que mas ansiaba era ver a mi hermana. Nunca habíamos pasado tanto tiempo sin vernos. Deseaba sentarme con una cerveza a contarle miles de anécdotas.

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La vi llegar a lo lejos sonriente con los brazos abiertos a mi encuentro. Pero en seguida note en sus ojos que algo había cambiado. Charlamos durante horas Perú, México…pero ella nunca me quiso contar que había pasado durante aquel año en España.

Aquella noche marche a casa preocupado y sintiéndome un poco culpable. Pero me prometí a mi mismo que le devolvería la sonrisa.

Pasaron varios meses. Un Domingo, haciendo una barbacoa en su casa del campo con toda la familia, surgió una discusión. Estábamos sentados a la mesa comiendo. Ellos se levantaron y entraron a la cocina. Mire de reojo y vi como mi hermana bajaba la cabeza asustada mientras él le alzaba  la mano. La maltrataba.

Me fui a casa hecho polvo. No paré en toda la noche de darle vueltas al tema, porque para mi ella era lo mas importante en el mundo. No podía permitir que estuviera sufriendo.

Pensé que me tenia que acercar a él para ganarme su confianza. Nunca habíamos sido uña y carne precisamente. Me puse a ello. Un tenis un día. Una cena otro. Y, al fin, una noche con un gin tonic, le sugerí que por que no planeamos un viaje juntos. ¡Te podría enseñar a hacer surf!. La euforia del alcohol hizo que nos comprometiéramos a viajar juntos.

Así fue, aquel verano cruzamos los dos juntos el estrecho con una caravana y pusimos rumbo a Essauira, un paraíso surfero en la costa Occidental de Marruecos.

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Yo tenia todo preparado. Las fechas. El alojamiento, una pequeña casa alejada del centro y situada a pie de playa. Las tablas. Y, lo mas importante, el cuchillo. Un afilado cuchillo de carne.

Cuando llegamos todo estaba desierto. Era fiesta en todo el país. Una fiesta importante, la del cordero.

En ella familias enteras encienden hogueras a la puerta de sus casas y asan un cordero que han sacrificado horas antes. Conmemorando la ofrenda que le hizo Abrahan a Dios sacrificando a su hijo.

Así que, mientras en el pequeño jardín de nuestro apartamento preparamos las tablas, solo tuve que pillarle desprevenido y cortarle el cuello con el cuchillo. Lo despiece tranquilamente y eche una de las tablas al mar.

Esa misma noche encendí mi hoguera a la puerta del apartamento y fui quemando el cuerpo descuartizado. A nadie llamo la atención cada familia estaba con su animal sacrificado.

P1010078A medianoche me acerque a la gendarmería y alerte de que a mi cuñado se lo había llevado la corriente con su tabla. Nada era de extrañar un surfero inexperto, las fuertes corrientes del Atlántico y las playas vacías sin ningún tipo de vigilancia. Una tragedia. Nunca se encontró el cuerpo.

Llame a mi hermana y le conté lo “sucedido”. Se echo a llorar. Pero nunca supe si era un llanto de pena o de alivio.

Regrese a Madrid. Celebramos un pequeño velatorio. Nos abrazamos. Me miro a los ojos. Y, por fin vi un pequeño atisbo de tranquilidad.

Han pasado ya cuatro agostos de aquello. Y como cada día de la fiesta del cordero, nos miramos a los ojos, y brindamos con una copa de vino. Con esa copa de vino con la que no pude acompañar aquella carne recién sacrificada en aquella playa de Marruecos.

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