Qué es lo que pienso cuando hablo de correr

“Vaya pesadilla corriendo con una bestia detrás /

Dime que es mentira todo. Un sueño tonto y no más/

Me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz”

*Lucha de gigantes de Antonio Vega

 

El porqué del título

 

Lo primero es explicarte un poco el porqué del título.

Este año, en enero, Miguel subió hasta la cumbre del Kilimanjaro. Cuando me lo contaba sentía una mezcla de envidia y de mucho, mucho orgullo. Qué pasada hacer una machada así, más de 5.800 metros.

Recuerdo que me llamó nada más bajar al hotel desde Tanzania y, por supuesto, todavía estaba emocionado. Cuando alguien tan cercano consigue un reto como este, lo sientes casi como si fueras parte de él. O al menos eso me pasa a mí.

Ya de vuelta en Madrid, me regaló el libro de Murakami “Qué es lo que hablo cuando hablo de correr“. Me dijo que le había inspirado mucho. También que, cuando pasaba malos momentos en la subida, se acordaba entre otras personas de mí y que le había ayudado a conseguirlo.

Así que este post va dedicado a Miguel.

Qué es lo pienso cuando hablo de correr

Este es un post muy personal. Bueno, como todo mi blog. Te quiero contar qué me pasa por la cabeza cuando hago ejercicios. Si no te interesa, este es el momento de dejar de leer.

Me encanta correr. No soy el más rápido, es más, ni siquiera soy rápido. Pero me da absolutamente igual. No me tomo las carreras como una competición contra el de al lado. Sino como un reto para superarme a mí mismo.

Cuando estoy en una carrera y veo que alguien que está cerca va sufriendo, si me quedan fuerzas trato de emplear parte de ellas para animarle. Conozco esas sensaciones y se agradece un montón.

Cuando entreno no soy muy de ponerme música. Me gustan más los podcast (Tirando a Fallar, Play Basket, Ser Historia, etc.), depende del día. Incluso a veces simplemente me gusta escuchar el murmullo del Retiro y pensar en mis cosas. Son tantas las horas a lo largo del año corriendo que hay tiempo para todo.

 

Una semana de carrera cualquiera

 

Cuando voy a hacer una carrera, ya en la semana del evento me encanta ir a la Feria del Corredor. Recoger el dorsal. Mirar un poco atrás, recordar todo lo que has entrenado y empezar a sentir que el reto que te has marcado está cerca.

Y el día antes empiezo mi trabajo mental para cubrir la distancia. En las tiradas largas siempre va a haber un momento de bajón. Y la cabeza tiene que estar preparada para decirle al cuerpo quién manda. Con el tiempo me he dado cuenta de como afrontar estos momentos.

Mi primera maratón de Madrid fue en 2012.

Coincidía con el cumpleaños de mi madre. Llegado el kilómetro 30, uno de mis gemelos dijo basta, decidió subirse de modo que vi las estrellas. Me paré a estirar para relajar el músculo y pensé, se acabó. En esos momentos me vi dándole a mi mamá la medalla como regalo de cumpleaños y, fue tal la energía que me vino, que decidí seguir.

Bajé el ritmo y me concentré en mi pisada para que el dolor fuera el menor posible. Completé los 12 kilómetros restantes y con orgullo le di a mi madre la medalla que tanto me había costado.

Años más tarde Miguel siempre me dice que he cambiado mucho desde que conseguí acabar aquella carrera. Es cierto, creo que soy mucho más positivo. Cada vez que afronto un reto sé que lo voy a conseguir, y me esfuerzo mucho más en obtener lo que me propongo.

Son muchos los momentos en que uno sale a correr y no le apetece seguir. Recuerdo en la maratón de Málaga, más o menos por el km 35, que un niño de unos 7 u 8 años que miraba cómo pasaban los corredores, preguntó ¿oye por qué corréis?, y mi cabeza empezó a funcionar.

Joder ¿Por qué hago esto? ¿merece la pena tanto sufrimiento?.

En frío, la respuesta es muy sencilla. Sí. La sensación de euforia que se siente cuando uno llega al monasterio de Belem, al acueducto de Segovia, a la Puerta de Branderburgo o al Paseo del Prado (por cierto, nada que ver con cuando terminaba en el Retiro, pero no quiero entrar en temas políticos), después de meses de entrenamiento no se cambia por nada del mundo. Y lo bien que sabe una cerveza comentando la carrera no tiene precio.

La carrera

 

Mañana afronto mi carrera favorita. La Media Maratón de Madrid. Me apasiona correr en mi ciudad. Todas las calles cortadas para nosotros. Cada una te va trayendo infinidad de recuerdos. Siempre, cerca de casa suele bajar a verme mi chica para darme un poco de aliento. Le cuesta un poco madrugar pero al final siempre acaba bajando porque sabe que es un momento especial para mí. Así que cuando se va acercando el recorrido al Retiro ya voy pendiente del punto que hemos acordado para vernos.

Este año sé que no voy a hacer mi mejor marca ni mucho menos. Ha sido una temporada difícil de entrenamientos. Alguna lesión, muchos problemas en casa y una enfermedad familiar.

Pero después de aquel abril de 2012 aprendí a mirar todos esos problemas de forma distinta. Cuando mañana flaquee un poco me pondré en mis auriculares (para las carreras sí llevo música) Lucha de Gigantes, apretaré los dientes y recordaré que hay gente luchando por cosas mucho más duras y eso me motivará para alcanzar la meta.

Y volveré paseando a casa con mi medalla al cuello pensando cuál será el siguiente reto.