El hombre que soñaba con ser rey

“Soy Evaristo el rey de la baraja/

Vivo entre rejas antes era chapista/

Los mercaderes ocuparon mi templo /

Y me aplicaron ley antiterrorista”

Había crecido escuchando cada noche las historias de leyendas medievales que le contaba su padre antes de dormir. Cerraba los ojos y pasaban por sus sueños caballeros y princesas, hasta que el despertador le devolvía a la realidad.

Una realidad dura. En el colegio no paraban de reírse de él porque se aislaba en un rincón del patio donde podía leer sus libros sobre templarios y el Santo Grial.

Tras tanto maltrato psicológico no quiso pasar por la universidad. Se metió a trabajar en un restaurante, quiso aprender el oficio de cocinero. La verdad es que, desde el principio,  vio que se le daba muy bien y le gustaba. Aunque su carácter introvertido hacía complicado su trabajo en equipo.

Fueron pasando los años y la cosa no mejoró. La pérdida de su padre le afectó demasiado. Nunca superó el duelo y decidió recluirse en una casa que tenía su familia en la montaña.

Allí pasaba el tiempo solo, alimentando su mente con libros y documentales de la Edad Media. Los únicos momentos en que despegaba los ojos de las narrativas eran para prepararse suculentos almuerzos. Tal fue su encierro que, poco a poco, dejó de ir al pueblo a comprar. Se alimentaba de productos que cultivaba o que conseguía en el campo.

Los domingos subían a visitarle sus hermanas y algún amigo que le quedaba. Más por preocupación que por otra cosa.

Cada semana de vuelta a la ciudad, el agobio de los suyos crecía. Adrián estaba desarrollando una nueva personalidad.

Su obsesión había ido un paso más allá. Construyó en aquella casa apartada su pequeño reino. Preparaba la vivienda para sus visitas semanales con todo tipo de estandartes del medievo que había ido comprando en mercadillos o en páginas de internet. Preparaba auténticos banquetes que hacía servir a sus hermanas como si fueran doncellas. Y presidía la mesa con grandeza como si fuera un monarca de tiempos remotos.

Ellas cada semana trataban de llevarlo a la ciudad para que no pasara tanto tiempo allí encerrado. Pero él se negaba rotundo y se despedía hasta la semana siguiente.

Hasta que ocurrió la tragedia. Uno de tantos domingos.

El mismo escenario, el mismo convite. Pero un ingrediente que acabó con todos sus invitados. Unas setas que esa misma mañana había recogido en el campo.

Unos días más tarde la Guardia Civil descubrió todos los cuerpos en la casa mientras él leía tranquilo sentado junto a la chimenea. Se lo llevaron.

En el juicio no quiso abogado. Sólo quería declarar que lo había hecho para proteger su reino puesto que todas las semanas se lo querían llevar para hacerse con sus propiedades.

Años más tarde, murió en un psiquiátrico completamente solo.

Fue rey pero no dejó ningún legado. Los pocos que le trataron de ayudar murieron por su propia demencia.

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PD: este es un relato inspirado en la historia de Luis II de Baviera, “el rey loco”. Quien dedicó su vida a construir castillos de cuentos decorados con imágenes de la búsqueda del Santo Grial. Vivió en su castillo apartado sin querer saber nada de la política de su nación.

Murió en extrañas circunstancias que hoy se desconocen, en un lago cerca de Múnich. Y dejó un agujero económico enorme en Baviera por sus excentricidades y por sus ostentosas construcciones.

Al poco de su muerte, se abrieron al público las puertas del castillo de Neuchwanstein (en la imagen superior), conocido como el castillo del Rey Loco, que él mandó construir para tratar de recuperar la desorbitada inversión realizada. Hoy en día, es una de las mayores fuentes de ingresos turísticos de toda Alemania. ¿Realmente estaba tan loco?