Un viaje por la Provenza

” Me acuerdo de ti / Me cago en tus muertos!

No puedo dormir / me sueño que has vuelto!”

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Desde pequeño adornaba las paredes de su habitación con mapas del mundo que le regalaban sus padres.Cada noche apagaba la luz observando la cartografía y soñaba con recorrer cada rincón del planeta. Pero, sobre todo, había un anhelo que desde que era un chaval tenía en la mente. Quería recorrer en coche la Provenza.

Pasó el tiempo. Y al encontrar a la persona adecuada con la que tanto disfrutaba viajando, al fin decidió dar el paso para cumplir su sueño.Dedicó el año a preparar el viaje, aunque eran tantas las veces que lo había hecho en su cabeza, que casi conocía cada parada. Gastronomía, monumentos, hostales, distancias…le gustaba casi tanto prepararlo como llevarlo a cabo.

Y llegó el mes de agosto. Cerró como cada año la puerta del restaurante. y se fue a preparar la maleta para al día siguiente echarse a la carretera.

Y salieron hacia el Norte. La primera parada estaba pautada en Roses. Allí visitarían a un antiguo compañero de flamenco de Laura y, cargarían las pilas para al día siguiente cruzar la frontera.Y comenzaron los problemas.Llegando al bonito pueblo de la costa catalana se enciende un piloto en el salpicadero del coche. ¡Uff! Nunca ha dado un problema y ahora que tenían un viaje de más de dos semanas, Panchito (como le llamaban a su coche en honor a Pancho Jasen) se pone con estas.

Noche de cena y de inquietud. Madrugón y al taller. Y, nada, no es nada grave. Menos mal. La luz del piloto se borró y a seguir con el trayecto.Despedida de nuestro anfitrión en Roses. Despedida de España. Y ¡bienvenidos a la France!

La primera parada en el país galo tenía lugar en Carcassone. Una localidad que parece sacada de un cuento. Sus murallas y su castillo evocan ese pasado medieval y hacen soñar con aventuras de caballeros templarios.

Cenita para probar su plato más típico, el cassoulet, y a buscar un alojamiento porque los mochileros van sin nada reservado, a la aventura.Y, sorpresa, resulta que pese a ser un punto turístico de interior, todos los alojamientos están completos. Búsqueda nocturna de una cama, un poco agotados por los kilómetros y no encuentran nada más cercano que a media hora de camino. Por fin aparcan el coche y llegan a descansar para al día siguiente continuar la ruta.

En Francia los desayunos son un placer. No hay nada como el sabor a mantequilla de sus croissant y un buen café. Por eso disfrutan del petit dejeneur y a la carretera.Cuando llegan al coche se lo encuentran cubierto completamente de caca. Y cuando digo completamente, es completamente.Parecía que el árbol debajo del cual se encontraba estaba repleto de murciélagos que no habían comido del todo bien aquel día.

Con sumo cuidado, conducen hasta la gasolina más cercana mirando por un pequeño circulo que han trazado en el cristal delantero para llegar hasta el primer túnel de lavado.Con el coche bien limpito, los viajeros deciden pasar un par de días de playa.Se dirigen hacia el Parque Natural de la Camarga.

Allí encuentran uno de los sitios más bonitos de todo el viaje: Aigues-Mortes. Idílica ciudad amurallada de donde partían las cruzadas a Tierra Santa en los siglos XI y XII. Sol, playa, descanso, pescadito y algún que otro vino francés. Lo que se llama disfrutar.

Segundo día en esta localidad. Laura duchándose e Iñigo en la cama preparando la ruta del día. Mapa de papel en mano, como siempre. De repente, él nota que algo no va bien.

– ¡Laura no me puedo levantar!”.

– Venga, deja de hacer el tonto y levántate para ir a desayunar que tengo hambre.

Parece que las horas al volante le habían pasado factura y le produjeron un pinzamiento en un nervio que le impedían moverse. Dos días renqueando con un dolor tremendo pero había que seguir adelante con las vacaciones.

Siguiente parada, Avignon. Y llegó el caos.

Los chicos se encontraban en una preciosa carretera comarcal (les gustaba evitar las autopistas) buscando los famosos campos de lavanda franceses cuando empezó a sonar un ruido muy extraño en el motor del coche. Clack, clack. Parada. Y llamada al seguro.

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Cuatro horas más tarde allí seguían en medio de la nada esperando a la grúa. Jugando con un papelito al juego del ahorcado. Riendo por no llorar. Sin batería en los teléfonos. Y hablando de como iban a hacer para volver al día siguiente hacia España. Daban el viaje por perdido. Cuando ya nuestros viajeros empiezan a pensar que van a tener que pasar la noche en el coche aparece la grúa.

El mecánico se quiere llevar el coche directamente al taller porque él allí no puede ver nada. Y es, ese momento, cuando por fin la angustia hace que Iñigo se suelte en francés para convencer al hombre para que al menos le eche un vistazo. Es su medio de transporte, sus vacaciones. No pueden seguir adelante sin Panchito. Un par de minutos más tarde el buen hombre saca la tapa de la batería que ha caído entre las aspas del ventilador. Y con una sonrisa dice podéis seguir adelante. Risas, abrazos, incluso alguna lágrima. De repente te das cuenta que la suerte te va a cambiar. Porque siempre cambia. Y esa primera semana de calvario empieza a mutarse en una segunda semana del viaje que habían soñado.

Avignon, su puente y el espectacular palacio de los papas. Salon de Provence. El precioso retroceso a la época romana de Les Baux de Provence. El anfiteatro de Nimes. La abadía de Senanque y sus campos de lavanda. Y otros tantos lugares idílicos van pasando delante de sus ojos.

Y aquella noche de risas, quesos y vinos franceses en Arles.Una terraza en una plaza con un ambiente bohemio que debió conquistar al mismísimo Van Gogh. Allí nuestros aventureros se reían de todo lo pasado con una copa de rosado en la mano y sólo hablaban de disfrutar de cada instante que les quedaba del itinerario.

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El punto mas al este en el que estuvieron fueron las Calanques. Este precioso parque natural de aguas cristalinas, situado junto a Marsella, que nada tiene que envidiar al Caribe. Un precioso día de playa que sirvió de punto de partida para iniciar la vuelta hacia España.

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Volvieron por Aigues Mortes (les había encantado), Montpellier y Roquefort. Allí visitaron las cuevas y compraron un queso que dejaría un recuerdo aromático en el coche durante un buen tiempo después de aquel viaje.

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Y la última parada para visitar a Marie en Castres.

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En el salón de su casa recordaban cada kilómetro de aquel viaje que tan diferente había salido de cómo lo habían programado, pero que finalmente lo habían disfrutado muchísimo. Porque la vida es para disfrutarla a cada momento, y, aunque muchas veces se nos pone un obstáculo en la ruta, hay que saber sortearlo y seguir mirando hacia el frente en el camino.