MENÚ INCOMPLETO

“No me molesta hay un rincón

Donde sabré defenderme

Entonces duerme y si te sientes mejor

Quiero que sueñes conmigo “

La vida de Adrián giraba en torno a su restaurante. Estaba situado en la calle Menorca, en el barrio madrileño de Retiro. Eran meses los que tenía de lista de espera. La segunda estrella Michelín concedida el año anterior lo había terminado de catapultar como uno de los locales de moda de la capital.

Aunque en su vida no era todo oro lo que relucía. La cantidad de horas que pasaba en el trabajo habían sido el detonante para que meses atrás su mujer le abandonará junto a su hijo. El chef estaba tan inmerso en su negocio que hasta se había mudado a vivir a un pequeño estudio que se comunicaba con el restaurante. Cuanto más cerca, mejor, pensó.

Su obsesión desde que sonaba el despertador era ser el centro gastronómico de la capital. Anhelaba aparecer como el único tres estrellas de la ciudad. Y sabía que los inspectores de la guía pronto le visitarían.

Adrián incluso había cambiado su dieta. Se había hecho vegetariano, ya que, aunque le encantaba la carne, pensaba que le venía mejor suprimirla para estar a tope en la jornada de trabajo.

Un buen día tuvo una reserva especial. Venían unos directivos de uno de los equipos de fútbol locales. La mañana anterior había encargado una carne de kobe para cerrar el menú.

Ese día todo estaba a punto al comenzar. Fueron saliendo los platos y todos volvían rebañados. Los piropos llegaban uno tras otro desde la sala. “Esto es lo mejor que he comido en mi vida” se escuchaba junto al sonido de las copas brindando. Adrián estaba feliz.

Solo quedaba el remate final. Y cual fue su sorpresa cuando abrió el taper donde cuidadosamente había guardado la carne. Estaba vacío. Mentira, solo quedaba el envoltorio.

Bajó de nuevo a la cámara y buscó desesperado. No encontró nada. Y tuvo que salir con cara de circunstancia a la mesa para comunicar a sus clientes que la degustación había terminado. Cara de decepción en los comensales. El cocinero, mientras, se debatía entre la incredulidad y la desesperación.

Terminado el servicio reunió a su equipo. Nadie sabía nada del producto desaparecido. El jefe de cocina, amigo íntimo y su mano derecha desde hacía muchos años, lo había visto el día anterior, pero aseguraba no saber dónde había ido a parar. El dueño estaba furioso. Amenazó con tomar medidas si volvía a ocurrir.

Pasó la semana sin sobresaltos y el viernes siguiente volvía a tener uno de esos compromisos habituales en el local. Acudiría toda la plana mayor de los sindicatos, estos son de los que se dejan pasta, se decía a sí mismo.

Volvió el momento de rematar el menú y, no se lo podía creer, la carne había vuelto a desaparecer. Esta vez no le tembló la mano. Con todo el dolor que le acarreaba tras todos los años que habían luchado juntos en aquellos fogones, despidió a su jefe de cocina. Estaba claro, sólo él podía ser el responsable.

Días mas tarde colocó un circuito cerrado de televisión que grabara todo lo que ocurría en el local las 24 horas del día. Quería confiar en su equipo pero, en esos momentos, ya no ponía la mano en el fuego ni por él mismo.

Tras aquel mal trago, parecía que todo volvía a la normalidad.

Un sábado lluvioso de octubre recibió una llamada. Reserva de 2 personas a nombre del sr. Revilla. Había llegado el momento, ellos nunca lo avisaban pero el lo tenía claro, son los de la guía.

Su cara se iluminó. En el mejor momento posible. En plena temporada de setas, su producto fetiche. Prepararía el mejor menú que había hecho nunca. Y lo remataría con esa fantástica carne de kobe. Eso sí, esta vez se curó en salud y le puso un candado a la cámara frigorífica. No quería más sorpresas.

Comenzó el festín. Los platos salían de una cocina que él dirigía como si fuera una orquesta. Todo fluía.  “¿Cuéntame que dice el crítico? “,”tranquilo Adrián, sabes que nunca dicen nada”, le dijo el mâitre. Pero él intuía que la tercera estrella estaba cerca.

Acababa de salir el lenguado y llegaba el momento de la carne. Se dirigió a la cámara con su llave, aunque estaba vez estaba tranquilo. Desde que despidió a su segundo no había vuelto a haber ningún incidente, ¿por qué le habría hecho eso? Si tenía problemas, ¿por qué no hablo con él? Eran como hermanos.

Abrió la cámara y el corazón le dio un vuelco. De nuevo aquel envoltorio vacío. Esa pesadilla con la que se había levantado las noches anteriores. Pero esta vez hecha realidad. Monto en cólera, despidió a todo su equipo de cocina. Aunque él sabía que aquello era su fin.

En pocas horas, por la magia de internet, las redes sociales no hablaban de otra cosa. El inspector de la guía se había marchado indignado. Adiós a los reconocimientos.

Apesadumbrado subió a su estudio a revisar las imágenes, no encontraba ninguna explicación posible.

Fue pasando a cámara rápida el vídeo, hasta que en la grabación de la noche anterior apareció una sombra entrando a oscuras en la cocina.

Tuvo que ralentizarlo. No se lo podía creer. En sus ojos vidriosos se podía ver su propia imagen reflejada en la pantalla del ordenador. Un Adrián sonámbulo, completamente dormido, asaltando la nevera en busca de la ansiada pieza de carne.

En ese momento se dio cuenta, su codicia le había dejado solo. Sin su familia, sin su amigo del alma y con un restaurante abocado a la ruina. Y lo que era aún peor, sin saber si era vegetariano o no.

2 comentarios en “MENÚ INCOMPLETO

  1. Extraordinario este relato, muchas veces dejado de lado lo más importante de nuestra vida.
    La familia y el disfrutar del dia, debe de ser lo primero, sin ello, NO ERES NADA.

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    • Tenemos que trabajar duro y dando el cien por cien. Pero en el momento que salgamos por la puerta debemos desconectar y disfrutar cada minuto con los nuestros. Esto pasa muy rápido

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