Un viaje a Tailandia

“Donde nos llevó la imaginación /

donde con los ojos cerrados/

se divisan infinitos campos”

 

La verdad es que ya estaba impaciente por llegar. Había sido una semana muy dura para dejar todas las cosas en orden en el restaurante. Era la primera vez que cerrábamos todo el mes de agosto.

El viaje a Bangkok, previa escala en Delhi, iba siendo amenizado con algunos capítulos de “Somebody feed Phil“, uno de mis programas gastronómicos favoritos o con alguna película como “100 metros” donde Dani Rovira interpreta la historia real de Ramón Arroyo, un héroe de carne y hueso que, tras serle diagnosticado esclerosis múltiple, fue capaz de terminar el ironman de Barcelona, dando un auténtico ejemplo de superación. Lo reconozco, alguna lagrimilla se me cayó. Ya lo dice Loquillo “en el fondo soy un sentimental”.

Por fin, aterrizamos en la antigua capital del reino de Siam, con el aplauso correspondiente, claro. Sé que es un poco hortera, pero la primera vez que viajé a Venezuela, a casa de mi novia, me gustó la ovación cuando el avión tomó tierra, y lo repito siempre desde entonces.

Camino de la ciudad, en el tren coincidimos con una chica peruana que vivía allí. Nos empezó a aconsejar sitios para comer. “Hay un mexicano y un sitio de hamburguesas, es que la comida de aquí no me gusta y lo de comer en la calle es una guarrada, los puestos son muy sucios”. Pensé, no hemos elegido bien la persona que nos dé consejos, estoy deseando recorrerme este país famoso por su street food y probar absolutamente de todo.

 

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Según dejamos las cosas en el hotel ubicamos un pequeño mercado nocturno. Dos cervezas Shinga, un pad thai (el primero de muchos. adoro el pad thai), un salteado y una sopa de noddles. Total 7 euros. Ahí me di cuenta que ese país me iba a hacer feliz.

Una de las cosas que más me llamó la atención nada más llegar, es como cualquiera se busca la vida poniendo su puesto a pie de calle y haciendo sus dos o tres especialidades.

Así empezó Jay Fay, famosa cocinera que consiguió una estrella Michelín con un puesto callejero donde preparaba una tortilla de cangrejo cuya fama ha dado la vuelta al mundo. Por supuesto, para allá que fuimos. Y, he de decir, que no nos gustó.

Actualmente, aquel pequeño negocio se ha convertido en un gran restaurante que nos pareció que había perdido toda su esencia. No nos mereció la pena la espera de más de una hora de cola que tuvimos que hacer para conseguir mesa.

Muchos son los platos que debes probar en las calles de la capital: la ensalada de papaya, su sticky rice, los salteados… Todas ellos condimentados con múltiples especias. Nos fuimos familiarizando con sus chiles, el tamarindo, el lemongrass o la lima kaffir muy presentes en sus recetas. Pero son infinidad las especias que allí puedes encontrar. Una auténtica perdición para un cocinero. Tuve que comprar una maleta para meter todos los ingredientes que compré para traer a España.

 

 

Siempre que viajo hay una visita obligada a los mercados locales. En este caso el tema merece un apartado especial. En Tailandia son puestos de productos de una belleza difícil de explicar. La infinidad de frutas que le otorga su clima tropical es enorme y uno allí se sorprende viendo manjares que no ha conocido antes. Descubrimos frutos como el rangustan, el mangostan o el durian, un producto conocido por su terrible olor.

 

 

Pero lo que más me llamó la atención fueron las pescaderías. Los pescados permanecen vivos en grandes tinajas de agua. Eliges el que te quieres llevar y allí mismo lo matan y lo limpian. Eso sí es pescado fresco.

 

 

 

Y como de pescados hablamos, la siguiente parada fue Krabi y su Phi Phi Island, conocida por ser el escenario del rodaje de “La playa”, donde aparecía un joven Leonardo Di Caprio.

Parajes de ensueño, unos atardeceres espectaculares y un mar cristalino.

 

 

Aquí hay que decir que el concepto gastronómico cambia mucho. Los puestos callejeros dan lugar a chiringuitos o restaurantes más puestos orientados al turista. Bueno, no del todo, que no se me olvide: olvídate de pagar en ningún lado con tarjeta en Tailandia, ni siquiera en los hoteles.

Esta zona costera, lógicamente, es más de pescados. Generalmente preparados a la brasa. Lo que solíamos hacer era cenar en uno de ellos acompañado de una ensalada de papaya verde o de mango. Y un par de cervezas con hielo, eso sí, allí con el calor que hace, enseguida pierden su temperatura. Los precios de la cena son irrisorios para Europa y con un calidad que no tiene nada que envidiar.

 

 

Y la última parada de este viaje foodie, Chiang Mai. La que llaman la capital gastronómica del país. Allí me enamoré.

 

Me enamoré no sólo de la ciudad, rodeada por montañas en donde se esconden sus templos budistas. No sólo por su famoso mercado nocturno donde puedes probar carnes exóticas, como la de cocodrilo o todo tipo de insectos generalmente fritos.

Me enamoré de su plato típico, el khao soi. Una sopa con fideos que suelen preparar con un caldo de carne, el cual dejan toda la noche hirviendo. Con verduras, pollo y todo tipo de toppings. Realmente maravilloso.

 

 

Y ahí entra mi televisivo “amigo” Phil Rosenthal, de cuyo programa te hablé al principio del post. Había visto en unos episodios un lugar donde recomendaba comer la deliciosa sopa. Así que para allá que fuimos.

Estaba alejado del centro, y para que te hagas una idea pasamos 3 veces por delante, decíamos este no puede ser. Preguntamos en un local de al lado, y efectivamente ese mismo era.

 

 

Solo decirte que hay momentos en que quieres que el tiempo vaya más despacio para disfrutar de lo que está sucediendo. Hay veces que un plato te dirige a un momento de tu pasado y te emociona. Aquello fue lo que me ocurrió con aquel khao soi de la casa de comidas Kad Gorm.

Días después, volvimos hacia Madrid. Con la alegría de haber visitado un país fascinante, con gente que para todo tiene una sonrisa. Con la maleta llena de ingredientes y de ilusiones para afrontar un nuevo año de trabajo.

Ah!! Y con un nuevo amigo!!

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