Y me fui para Málaga

“y nos fuimos pa Madrid y sin remordimiento”

Esta provincia por unas cuestiones u otras ha sido, en un par de ocasiones, mi vía de escape.

Cuando cerré mi primer restaurante, decidí irme unos días a una casa que tenían mis padres en Estepona. Necesitaba analizar los errores que me habían llevado a aquella decisión.

Aquel cese del negocio traté de tomarlo no como un fracaso, sino más bien como un aprendizaje.

Enseguida, sentado en la playa junto con mi labrador , vi que mi mayor problema había sido la gestión del personal.

Así que decidí dejar de lado por un tiempo la cocina y busqué un trabajo de gerencia. Quería demostrarme a mí mismo que sabía corregir esos defectos que habían lastrado mi negocio en Menéndez Pelayo.

Pronto me llegó una oferta de trabajo de un grupo de restaurantes y, la verdad, es que satisfacía todas mis necesidades. Varios locales que funcionaban como un tiro en la zona de La Latina y otro que atravesaba un bache enorme. Un socavón diría yo.

Este ultimo local tenía un hándicap añadido. No se encontraba en Madrid y el dueño de la empresa no tenía excesivo tiempo para supervisarlo.

Te haces una idea de donde podía estar ¿no? Sí, eso es, en Málaga. Así que para allá fui a supervisarlo por una semana.

Recuerdo que llegaba con poco tiempo desde el Ave, pero quería desayunar algo antes de entrar a trabajar. Así que me senté en una terracita en la plaza de Uncibay a tomar un café rápido.

Bueno, para ser más exactos, un café con leche y un montado de jamón, así lo pedí. La respuesta del camarero fue tocar unas palmas acompañadas de un cante flamenco “Ayyyyy un madrileño que viene a por un café con leche…..”. Mi cara, mezcla de asombro y de tensión al verme llegando tarde al trabajo, no hicieron mella en la velocidad del señor. Más bien lo contrario, comentaba con las mesas de al lado, “ofú los de la capital que prisas traen”.

Mi primera semana allí fue una especie de pesadilla en la cocina. Reestructuración completa de personal, de la carta, de proveedores y de horarios. Para que te hagas una idea, en la feria de Málaga no abrían porque pasaban las procesiones por la puerta y había demasiada gente. Era un lío.

Los primeros días me costó un poco adaptarme. “Sergio la mesa tal está sin atender”, “tranquilo jefe que le va a dar algo, que acaban de llegar”. Estaba acostumbrado al ritmo frenético al que nos lleva Madrid, en que parece que aunque bajemos un domingo a tomar una cerveza vamos con prisa.

Mi tiempo en Andalucía se fue alargando e incluso la empresa me buscó un apartamento cerca del restaurante.

Pronto formamos un equipo de trabajo bastante chulo. Empezamos a subir bastante las ventas, a coger una dinámica de trabajo bastante ordenada y un ambiente divertido que transmitíamos a los clientes.

No me acuerdo cuándo ni por qué se me ocurrió. Antes de los servicios del fin de semana, mientras montábamos las mesas les ponía la canción Lady Lady, canción de Bravo que nos representó a Eurovisiçon en el 84.

El primer día me miraron como a un loco. Tiempo después todos se la sabían y la cantábamos a gritos antes de abrir. Así empezábamos el servicio con una sonrisa y dejábamos las preocupaciones para otro momento.

Al principio la verdad es que me encontraba muy solo allí. Veía que lo único que hacía era currar, correr un rato por la Malagueta y salir a tapear algo el domingo. Así que un día cuando iba llegando a casa, decidí meterme en un pub que había debajo del apartamento que me había alquilado la empresa. El pub Wakame.

Me gustó desde el primer minuto, música 70/80 pinchada en vinilo y ambiente tranquilo. Me puse a conversar con Luis, así se llama el dueño, y resulta que había sido mi vecino en Madrid cuando eramos más jóvenes y nos conocíamos de sacar a los perros. Qué pequeño es el mundo. Así que me hice asiduo al lugar.

Hasta que un día coincidí allí con Alex, al que había contratado de jefe de cocina en el restaurante.

Nos pusimos a charlar de cocina, de baloncesto y de música, y vimos que teníamos mil cosas en común. Congeniamos enseguida y se hizo frecuente que los días libres me viniera a buscar y fuéramos a probar este sitio y este otro. como nos gusta a los que amamos la comida. Así descubrí mi sitio favorito de Málaga. Taberna Uvedoble.

Otra de mis ocupaciones con Alex empezó cuando me presentó a Karlitos. El fue más tarde mi encargado, y una de las mejores personas que he conocido nunca. Con él nos íbamos una vez a la semana a Benalmádena a jugar al baloncesto. Esto sí que me daba la vida. Incluso nos fuimos al Carpena cuando vino el Estu a jugar con Unicaja Por cierto, ganamos con partidazo de Germán Gabriel.

En Málaga me ocurrió una de las anécdotas más ridículas que me ha pasado en mi vida. Entraba una mañana a trabajar e Isa, otra de mis compañeras con la que tenía especial afinidad y que mejor se portó conmigo, me comentó que venían unos amigos con su hija a comer, “no te preocupes yo les atiendo personalmente”. Así que empezó el servicio, estábamos hasta arriba. Yo normalmente supervisaba las mesas y en momentos puntuales echaba una mano. Pero esta vez me puse con la reserva en cuestión.

Después de mi primera frase “ayyy qué niña tan bonita” mientras le agarraba los mofletes a la pequeña comenzaron las caras de incredulidad del resto de la mesa. Debí intuir que algo no iba bien. “Por favor, ¡esa niña cómo se parece a su madre! “. El colofón fue cuando les di la cuenta “la bebida la invita la casa, que por una vez que viene la niña…”.

Terminé el servicio y le dije a Isa “qué guapa tu hija”… Resulta que los amigos habían anulado la mesa y habían sentado a otras personas en su lugar. El cabrón de Sergio, que se ocupaba de acomodar las reservas me dijo “señor Iñigo (con ese mote me quedé) usted que es tan correcto con los clientes, y le veía tan lanzado que no le quería interrumpir”. Para matarlo. Que vergüenza.

Seguían pasando las semanas y La Reja iba como un tiro.

Recibí una llamada del jefe un día de libranza. Al reunirme con él me dio un sobre con un incentivo bastante alto y me comentó que estaba muy agradecido. Había sido el mejor mes desde que el negocio había abierto hace años y habían bajado muchos los gastos.

Al día siguiente, al llegar a trabajar me esperaba con la carta de despido en la mano. La razón: no le gustaba mi forma de trabajar. Me daba quince días para salir de la empresa. En ese tiempo tenía que formar a una nueva gerente que había contratado y que jamás había trabajado en hostelería.

Así que aguante una semana, pedí otra de vacaciones que me correspondía y, aproveche para tener tiempo libre en aquella ciudad que tanto me había gustado.

El último día me organizaron una fiesta de despedida en el Wakame. Allí estaba todo mi equipo, incluso algunos asiduos clientes del pub con los que había congeniado. Y, por supuesto sonó Lady Lady. Pero mis compañeros me dedicaron con un poco de guasa una canción que me venían cantado desde el día del despido, “nos fuimos pa’ Madrid y sin remordimientos”.

Así que me levanté al día siguiente con un poco de resaca y volví a aquella terraza de la plaza de Uncibay. Eché la vista atrás y sonreí satisfecho porque me había demostrado a mí mismo que era capaz de dirigir un negocio. Y esta vez no pedí un café con leche y un montado. Pedí un nube y un pitufo y me quedé un rato tranquilamente escuchando las palmas del camarero y sus canciones.

Me acerqué a la estación y me fui pa’ Madrid y sin remordimientos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s